Por Rafael Ocampo.

Que me disculpen la ironía sus seguidores, pero el Necaxa descendió por méritos propios. Que nadie salga ahora a decir que fueron víctimas de los árbitros o de cualquier otro caracterizado como enemigo externo.

En lo estrictamente deportivo se puede responsabilizar en primer orden a Daniel Alberto Brailovsky, uno de los tres entrenadores que participaron en este año desastroso. Pero concluir que Omar Arellano, el primer director técnico (el que arrancó la campaña 2010-2011), fue una víctima y que a Sergio Bueno (el que entró al quite cuando echaron al Ruso), simplemente le faltó tiempo, me parece de un simplismo ofensivo.

El Necaxa está de regreso en la Liga de Ascenso (ya habían estado ahí en la 2009-2010), por errores consecutivos de sus propietarios y directivos. Y aquí, en este campo, habría que lanzar la primera pregunta: ¿Quién realmente es el propietario de este equipo? ¿Lo es Televisa? ¿Lo es el gobierno de Aguascalientes? ¿Hay algún otro empresario como socio?

La pregunta no es ociosa, ¿quién responde, quién da la cara por este Necaxa metido nuevamente en la deshonra?

¿Cómo puede ser posible que este club, uno de los de mayor tradición en el futbol mexicano, se haya ido a pique de forma tan dramática? Este Necaxa manejado por Televisa se perfilaba hace no mucho tiempo como un club ganador y sumamente atractivo para niños y jóvenes. Alguien decide llevárselo a Aguascalientes buscando el público que en el Distrito Federal se le negaba y todo parecía ir de maravilla, estrenando un estadio precioso y una casa club e instalaciones deportivas de primer mundo.

Pero llegaron los celos, las grillas, las disputas abiertas por el manejo del equipo, entre gente de la empresa televisora y representantes del gobierno estatal, que se sintió con derecho a decidir pues había metido dinero. Y ahí llegó el acabose. Alguien a de haber dicho: “Mejor que se muera”. Y así fue.
Fuente: Milenio