Por Jorge Ortíz de Pinedo.

A un equipo lo apoyas hasta que mueres, sabes reconocer cuando el contrario jugó mejor, no tienes por qué enojarte ni agarrarte a golpes, que es lo que está pasando hoy en día.

Llevo casi 60 años como aficionado del Necaxa, en las buenas y en las malas; así debe de ser cuando le vas a un equipo. Yo tuve la suerte de ver jugar a Pageiro, Reynaldo Giacomini, una serie de jugadores emblemáticos. Me tocó la suerte del Necaxa del Chato Ortiz, Dante Juárez, Majewski, todos extraordinarios, que le ganaron al Santos de Pelé 4–3 en Ciudad Universitaria. Alguna vez leí que fue el mejor juego que había dado un equipo mexicano en contra de uno extranjero.

Fue muy emocionante, sumamente divertido.

Recuerdo que cuando yo tenía unos cinco años, mi padre [el actor Óscar Ortiz de Pinedo, q.e.p.d.] me llevó a ver un partido en la Ciudad de los Deportes, donde ahora está el Estadio Azul. Era un Atlante–Necaxa. Me condujo a la porra de su equipo, el Atlante, donde estaban todos sus amigos. Cuando vi salir a su equipo no me llamaron los colores azulgrana. En cambio, cuando apareció el Necaxa, me llamaron mucho la atención los colores. Curiosamente, uno se da cuenta de que al final te haces apasionado de unos colores.

Eran unos pleitos fenomenales entre mi padre y yo, pero él fue el que me enseñó a ver fútbol, que es de alguna forma admirar a jugadores, técnicos, jugadas, no sólo apasionarte por un equipo. Cuando te sucede eso, ves al fútbol de manera diferente. A un equipo lo apoyas hasta que mueres, sabes reconocer cuando el contrario jugó mejor, no tienes por qué enojarte ni agarrarte a golpes, que es lo que está pasando hoy en día: hay una gran confusión y, en aras de ganar rating, vender más revistas, han hecho que muchos aficionados, sobre todo jóvenes, se sientan obligados a defender una camiseta o unos colores, no importando si eres bueno o malo. El chiste es ganar a como dé lugar y ese es un problema grave.

El Necaxa primero fue propiedad de la Compañía de Luz, después regresó siendo de los propios trabajadores electricistas, un grupo de personas que se juntó para jugar de tal forma que todo México los reconocía. Entonces se vende el equipo a unos inversionistas españoles, así nace el Atlético Español. Para mí era el mismo equipo, yo sí me seguí, la mayoría abandonó el barco. El Necaxa era el equipo más popular de México, pero cuando se hace Atlético Español, mucha gente deserta por discriminación a los españoles. Cuando le iba al Atlético, yo me tenía que hacer mis propias banderolas con la ayuda de mi mamá, porque nadie las vendía.

Después de 10 años, creo, regresa el Necaxa, pero ahora como los Rayos, ya comprado por Emilio Azcárraga. El Necaxa era como el patito feo de Televisa —que ya era dueño del América—; era un equipo que necesitaban los Azcárraga para tener el control del Estadio Azteca, que albergaba a todos los equipos de la ciudad de México. Ya en los años noventa, los del América no se dieron cuenta de la cantidad de jugadores de primera línea que desechaban y llegaban al Necaxa.

Es cuando tuvimos a Ivo Basay, a Álex Aguinaga, a Alberto García Aspe, al Ratón Zárate, a Ricardo Peláez. Eran mediados de los noventa, cuando el equipo a vencer en México era el Necaxa. Ha sido la mejor época del fútbol mexicano. Toda la vida estuve esperando por un campeonato y llegaron tres... aunque no seguidos. Uno de mis recuerdos más memorables fue cuando le ganamos el primer campeonato a Cruz Azul, que era un megaequipo. Veo esas finales y fueron juegos muy emocionantes. Hubo una época en la que Horacio Casarín —considerado por muchos como uno de los mejores jugadores mexicanos de la historia y que salió de las fuerzas básicas del Necaxa— iba a ver los juegos; también estaba Enrique Borja como directivo. Yo les insistía en que contrataran a Hugo Sánchez (que iniciaba su carrera como director técnico) para tener a los tres más grandes del fútbol mexicano en un mismo equipo.

Ahora que el Necaxa está en la Liga de Ascenso —mal llamada así porque es la segunda división y ya, en fin— veo todos los partidos cuando tengo oportunidad, porque juegan viernes o sábados que son los días que trabajamos los actores. Pero sí me voy a Aguascalientes, que es donde juegan. Yo tengo la esperanza de que vuelva a ascender. Cuando descendimos por segunda vez, en un partido que perdimos frente al América, recuerdo que varios jóvenes que sabían que le iba al Necaxa —porque así lo he manifestado en todos mis programas de televisión, si te fijas siempre hay un escudo del Necaxa— me preguntaban, tristes, que qué seguía. Les dije que nada, sólo tener paciencia. Vamos a regresar. La gente no debe perder el ánimo.

Mi hijo Santiago, de 12 años, también le va al Necaxa, porque en mi casa no hablamos de otra cosa. Somos necaxistas, no lo llevo a ningún otro estadio más que al del Necaxa. Siempre le cuento la historia del equipo. Hoy en día hay un gran ‘vedetismo’ por parte de los entrenadores, que se quieren guardar jugadores para ciertos torneos. Eso lo puede hacer el Barcelona o el Manchester, pero los equipos del Tercer mundo, como el Necaxa, se deben rajar el alma en cada partido, no hay de otra. Lo importante de cualquier deporte es ganar.
Fuente: SoHo México