Por Felipe Morales.
@FelipeDeCuates
Aztecadeportes.com

-¿Lo estás viendo?
-No, ya lo apagué. Ya valió.
-¡Préndele, ya empataron a tres!

Es la plática entre un papá y un hijo necaxista que han aprendido a morir con los Rayos para no morirse de nada.

Y por cosas del futbol volvimos a vivir. El sábado, con el campeonato, varios necaxistas olvidados resucitamos.

Nos sentimos representados.

El piso estaba lleno de ramitas, de pino suelto. El departamento olía a árbol fresco, recién cortado. Había un perfume a Navidad. Yo había calculado cortar el arbolito en el día para comprar los adornos en la tarde y ver el partido por la noche, porque un hombre, que se precie de serlo, no debe desatender una Final por poner moñitos y esferas.

Pero junté las dos cosas.

Mientras ponía una esferita, festejaba un gol y mientras lamentaba uno recibido, colgaba una serie de luz.

Así se compensaba todo. Por cada error, había un refugio en algún ganchito para colgar los adornos; por cada pase desatinado había una estrella y en cada disparo existía una ramita que ya estaba decorada.

Una velada de luces y goles. De música navideña en la serie y "We are the Champions" en la cancha.

Un árbol lleno de futbol. Un futbol lleno de luces.

SANTA CLAUS EXISTE
Y viste de rojo y blanco. Como el Necaxa. No puede ser casualidad. No es. No debe serlo. En un partido como el del fin de semana, en el que ganas en penales un partido que perdías 3-1 con diez hombres no puede serlo.

Se me había olvidado ser un aficionado. Estaba enojado, abandonado. Cuando tu equipo desciende dos veces, sientes que no le importas. Te sientes traicionado y te acostumbras a ver sonrisas ajenas, porras que no son tuyas, festejos que no te pertenecen, porque no eres de Primera División.

Ves tanto futbol y no tienes equipo. Es como usar lentes para ver sin aumento.
Te frustras y extrañas lo que algún día fue. Y después de todo te acostumbras a ir y venir en los estadios, porque ese es tu trabajo. Sólo por eso. Sin la pasión de un grito desenfrenado. Sin la adrenalina de un partido disputado.

Y entonces cada vez que veo el arbolito de Navidad decorado, me acuerdo de que otra vez tengo un equipo que me respalda, porque me sentí el más fanático. El más niño, el más transparente.

Y me gustó.

Y me tiré al piso, y apreté los puños, y los alcé. Y luego me puse la bufanda y besé el escudo. Y volví a tener 12 años como cuando Basay y Aguinaga y Peláez y Aspe y Navarro y Ambriz y Becerril y Esquivel...

Volví a ser el niño que corría alrededor de la mesita de la sala de la casa siguiendo a papá festejando algún título noventero que hoy es un nuevo sueño de ascenso.

Aunque sea en Aguascalientes, aunque nos los hayan arrancado de la ciudad sin preguntarnos.

Y después mi papá estrenó su teléfono inteligente con un mail, cuando lo pudo hacer con un mensaje, porque todavía no se tutea con la tecnología que le cabe en el bolsillo.

Con el título de "Histórico", recibí ese correo de regalo que decía: "Por eso somos necaxistas. Ningún otro equipo da estas hazañas".

Y ahí lo confirmé.

Papá es Santa.